Meek's Cutoff
Kelly Reichardt, Estados Unidos, 2010, 104 min.
Los seguidores del cine de Kelly Reichardt pueden quedar algo desconcertados ante una película como Meek’s Cutoff. Con filmes como Old Joy (2006), una melancólica oda a una amistad resquebrajada, y Wendy and Lucy (2008), una delicada fábula sobre el amor de una joven hacia su perra, Reichardt ha demostrado poseer un don natural para el retrato de microcosmos sentimentales en los que se hallan encapsuladas radiografías sociales y generacionales.
Un proyecto artístico que aspira al conocimiento a través de la emoción. Sin embargo, ¿qué sucedería si extrajésemos de esa ecuación fílmica el componente sentimental?, ¿soportaría el “método Reichardt” un proceso de vaciado de su energía emotiva? Ése parece ser el reto que se propone la directora neoyorquina en Meek’s Cutoff, una de las películas más áridas que ha dado el cine reciente.
De partida, Reichardt se aleja de los esquemas narrativos minimalistas que formaban el esqueleto de sus dos anteriores películas, construidas alrededor de carismáticos dúos protagonistas.
Meek’s Cutoff juega con una estructura más coral, la que forman los siete miembros de una caravana que transita el desierto de Oregón en el año 1845. En su accidentada travesía, los guía Stephen Meek (Bruce Greenwood), cuya figura estoica y taciturna hace pensar en un personaje salido del rincón más turbio del imaginario de Cormac McCarthy.
Así, durante casi toda la primera mitad del filme, Reichardt se dedica a retratar el errático avance de la expedición, haciendo hincapié en los rituales cotidianos del grupo: la bendición e ingesta de alimentos, los altos en el camino, los trabajos manuales de las mujeres...
Una sucesión de tiempos muertos generalmente obviados por el western clásico. De hecho, Meek’s Cutoff podría entenderse como una destilación de los westerns itinerantes de Anthony Mann, con el valor añadido de que el filme retoma el espíritu hermético y distanciado que Monte Hellman imprimiera al género en los años sesenta.
Texturas
A esta labor de depuración narrativa cabe sumar la deslumbrante belleza del filme, el más rico en cuanto a texturas de los realizados por Reichardt hasta la fecha, además del primero en 35 mm.
En un derroche de virtuosismo fotográfico, Reichardt explora una amplia gama de tonalidades, entre la luminosidad aplastante del desierto soleado y la oscuridad total que rodea a los personajes en sus habituales reuniones alrededor de hogueras.
Entre medias, todo un repertorio de azules y ocres, que alcanzan una densidad casi táctil cuando el cielo se encapota o cuando una espesura entre verdosa y grisácea envuelve a los personajes en el interior de sus caravanas —momentos en los que las figuras parecen adquirir un aura brumosa, característica del periodo mudo—.
Además, el equilibrio dinámico de los encuadres, que basculan entre el sosiego simétrico y la expresividad descentrada, se ve fortalecido por el poderoso uso del formato cuadrado. Además, Reichardt y Chris Blauvelt (asistente de cámara en la “trilogía de la muerte” de Gus Van Sant) aprovechan al máximo el choque entre la naturaleza expansiva del paisaje y la cualidad opresiva del formato 1:33:1.
El resultado apela a una épica intimista que mira desde la distancia la mística del western y se aferra, siempre que puede, a los cuerpos y los rostros de los personajes, una estrategia que acentúa su desamparo y desorientación.
Los planos cerrados juegan en contra de cualquier referencia geográfica, lo que convierte la película en una suerte de laberinto claustrofóbico por el que los personajes transitan de forma agónica, casi espectral. De hecho, de no ser por su renuncia al misticismo, la película bien podría haberse emparentado con el Dead Man (1995), de Jim Jarmusch.
A todo esto, la navegación errante que propone la película se ve propulsada por una narración marcadamente elíptica. De hecho, durante los primeros compases del filme, los planos se suceden de forma casi autónoma, un poco a la manera de Terrence Mallick.
Cada composición resuena con su propia fuerza simbólica. En ocasiones, la cámara acompaña, respetuosa, el andar silencioso y fantasmagórico de los personajes, como en las películas radicales de Gus Van Sant. Otras veces, predomina lo estático y lo pictórico: se dibujan retablos de una civilización en ciernes.
Reichardt huye de los dogmas y la película imita el movimiento de una nube arrastrada por el viento: adoptando formas impredecibles, alimentando la imaginación del espectador, bebiendo de los viejos arquetipos del western. Ahí están las estructuras patriarcales, la virtud incuestionable de los personajes femeninos, la lucha por la supervivencia, el viaje iniciático...
Hilo dramático
En su arranque, la película va tejiendo, a retazos, un hilo dramático casi invisible, sostenido sobre la fisicidad de la acción. Sin embargo, hacia la mitad del filme, la aparición de un invitado inesperado, un indio capturado por Meek (e interpretado por Rod Rondeaux), propulsará un conflicto sigilosamente anunciado: ¿Qué hacer con el indio?, ¿ejecutarlo o utilizarlo para encontrar algo de agua ante una más que probable muerte por deshidratación?
Es entonces cuando la mirada de Michelle Williams se adueña de la pantalla: un pozo de sentimiento del que Reichardt ha sabido extraer el sustento emocional de sus dos últimas películas.
Una mirada que, entre el temblor y la determinación, se erige en el último rastro de compasión, de fe en la salvación y de respeto por el prójimo; la antítesis del pragmatismo brutal de Meek.
Es Meek’s Cutoff una película de atmósferas más que de emociones. Un filme que consigue transformar la elegíaca odisea de sus protagonistas en una meditación sobre los límites de la civilización y la tolerancia. Se trata también de la película más compleja y exigente que ha realizado Reichardt hasta la fecha. Probablemente la mejor.
Un proyecto artístico que aspira al conocimiento a través de la emoción. Sin embargo, ¿qué sucedería si extrajésemos de esa ecuación fílmica el componente sentimental?, ¿soportaría el “método Reichardt” un proceso de vaciado de su energía emotiva? Ése parece ser el reto que se propone la directora neoyorquina en Meek’s Cutoff, una de las películas más áridas que ha dado el cine reciente.
De partida, Reichardt se aleja de los esquemas narrativos minimalistas que formaban el esqueleto de sus dos anteriores películas, construidas alrededor de carismáticos dúos protagonistas.
Meek’s Cutoff juega con una estructura más coral, la que forman los siete miembros de una caravana que transita el desierto de Oregón en el año 1845. En su accidentada travesía, los guía Stephen Meek (Bruce Greenwood), cuya figura estoica y taciturna hace pensar en un personaje salido del rincón más turbio del imaginario de Cormac McCarthy.
Así, durante casi toda la primera mitad del filme, Reichardt se dedica a retratar el errático avance de la expedición, haciendo hincapié en los rituales cotidianos del grupo: la bendición e ingesta de alimentos, los altos en el camino, los trabajos manuales de las mujeres...
Una sucesión de tiempos muertos generalmente obviados por el western clásico. De hecho, Meek’s Cutoff podría entenderse como una destilación de los westerns itinerantes de Anthony Mann, con el valor añadido de que el filme retoma el espíritu hermético y distanciado que Monte Hellman imprimiera al género en los años sesenta.
Texturas
A esta labor de depuración narrativa cabe sumar la deslumbrante belleza del filme, el más rico en cuanto a texturas de los realizados por Reichardt hasta la fecha, además del primero en 35 mm.
En un derroche de virtuosismo fotográfico, Reichardt explora una amplia gama de tonalidades, entre la luminosidad aplastante del desierto soleado y la oscuridad total que rodea a los personajes en sus habituales reuniones alrededor de hogueras.
Entre medias, todo un repertorio de azules y ocres, que alcanzan una densidad casi táctil cuando el cielo se encapota o cuando una espesura entre verdosa y grisácea envuelve a los personajes en el interior de sus caravanas —momentos en los que las figuras parecen adquirir un aura brumosa, característica del periodo mudo—.
Además, el equilibrio dinámico de los encuadres, que basculan entre el sosiego simétrico y la expresividad descentrada, se ve fortalecido por el poderoso uso del formato cuadrado. Además, Reichardt y Chris Blauvelt (asistente de cámara en la “trilogía de la muerte” de Gus Van Sant) aprovechan al máximo el choque entre la naturaleza expansiva del paisaje y la cualidad opresiva del formato 1:33:1.
El resultado apela a una épica intimista que mira desde la distancia la mística del western y se aferra, siempre que puede, a los cuerpos y los rostros de los personajes, una estrategia que acentúa su desamparo y desorientación.
Los planos cerrados juegan en contra de cualquier referencia geográfica, lo que convierte la película en una suerte de laberinto claustrofóbico por el que los personajes transitan de forma agónica, casi espectral. De hecho, de no ser por su renuncia al misticismo, la película bien podría haberse emparentado con el Dead Man (1995), de Jim Jarmusch.
A todo esto, la navegación errante que propone la película se ve propulsada por una narración marcadamente elíptica. De hecho, durante los primeros compases del filme, los planos se suceden de forma casi autónoma, un poco a la manera de Terrence Mallick.
Cada composición resuena con su propia fuerza simbólica. En ocasiones, la cámara acompaña, respetuosa, el andar silencioso y fantasmagórico de los personajes, como en las películas radicales de Gus Van Sant. Otras veces, predomina lo estático y lo pictórico: se dibujan retablos de una civilización en ciernes.
Reichardt huye de los dogmas y la película imita el movimiento de una nube arrastrada por el viento: adoptando formas impredecibles, alimentando la imaginación del espectador, bebiendo de los viejos arquetipos del western. Ahí están las estructuras patriarcales, la virtud incuestionable de los personajes femeninos, la lucha por la supervivencia, el viaje iniciático...
Hilo dramático
En su arranque, la película va tejiendo, a retazos, un hilo dramático casi invisible, sostenido sobre la fisicidad de la acción. Sin embargo, hacia la mitad del filme, la aparición de un invitado inesperado, un indio capturado por Meek (e interpretado por Rod Rondeaux), propulsará un conflicto sigilosamente anunciado: ¿Qué hacer con el indio?, ¿ejecutarlo o utilizarlo para encontrar algo de agua ante una más que probable muerte por deshidratación?
Es entonces cuando la mirada de Michelle Williams se adueña de la pantalla: un pozo de sentimiento del que Reichardt ha sabido extraer el sustento emocional de sus dos últimas películas.
Una mirada que, entre el temblor y la determinación, se erige en el último rastro de compasión, de fe en la salvación y de respeto por el prójimo; la antítesis del pragmatismo brutal de Meek.
Es Meek’s Cutoff una película de atmósferas más que de emociones. Un filme que consigue transformar la elegíaca odisea de sus protagonistas en una meditación sobre los límites de la civilización y la tolerancia. Se trata también de la película más compleja y exigente que ha realizado Reichardt hasta la fecha. Probablemente la mejor.
Fuente
Manu Yáñez












