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Ivory Tower

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Ivory Tower
Adam Traynor, Canadá/Francia, 2010, 75 min.
Ivory Tower es uno de los títulos de esta edición del FIC Xixón que corren más peligro de convertirse en una película de culto. De las que añaden nuevas palabras al vocabulario. Una de esas producciones extrañas e hilarantes, una farsa fuera del terreno de juego de Hollywood que se ríe de sí misma, y de nosotros, si nos descuidamos. Y con punto extra de sal: sus protagonistas son personalidades de culto en el mundo de la música electro. Y canadienses.

Estamos ante una película sobre la competitividad del deporte. Sobre dos hermanos ajedrecistas (el ajedrez también es un deporte) con visiones completamente opuestas del mundo, separados por su rivalidad y enamorados de la misma mujer.


Los electroduendes

El artífice y cerebro detrás de la película es Chilly Gonzales, músico, compositor, pianista y productor (con nominación a los Grammy incluida). Chilly interpreta a Hershell, hermano mayor y antiguo campeón de ajedrez que reniega del mundo competitivo y se va a Europa a vivir la bohemia y a desarrollar su talante artístico, con lo que el llama Jazz Chezz. El serio (e imberbe) Tiga, DJ y músico electro cuyas remezclas han hecho bailar al mundo, es su materialista hermano Thadeus, despiadado yuppie al que nada puede detener para llegar a la cima del mundo del ajedrez. Y para completar el reparto, tenemos a Peaches, diva marciana del electroclash, que explota (subversivamente) el sexo en su música y nunca parece dejar de autoparodiarse. Ella es Marsha, antigua novia de Hershell, ahora a punto de casarse con Thadeus, y que ha abandonado una prometedora carrera en la violinperformance (performances con violín) para casarse.

Ivory Tower transmite esa sensación reconfortante de estar viendo una película que es una broma en sí misma, una comedia que fluye sin miedo al absurdo o al ridículo, y que por eso mismo consigue hacer reír, y mucho. Hablamos de carcajadas, no de sonrisas. Echa mano sin complejos del kitsch de este mundo (como sus protagonistas), sin importar si se trata de hacer referencias al mundo del arte conceptual, hacer presentaciones con gráficos por ordenador pasados de moda, rizar el rizo de la estética yuppie o hacer guiños a Rocky y sus secuelas. Y todo eso sin perder la oportunidad de echar una mirada incisiva al mundo: caricaturiza la cultura underground, el concepto beatnik. También lanza un dardo envenenado al arte conceptual y la performance. Pone en evidencia a la publicidad, y su tendencia a vender aire. No escatima la estupidez maligna que domina el mundo del marketing. En definitiva, nos recuerda que la jocosidad y la visión crítica van muy bien juntas de la mano.

Con un humor en algún punto entre Hot Shots, Zoolander y The Life Aquatic, Chilly Gonzales y Adam Traynor dan forma a algo que es, a un tiempo, comedia existencialista, película deportiva, payasada estratosférica y cine de autor extravagante. O, como su director explica, Ivory Tower es "una parodia deportiva inspirada en Rocky; un melodrama a lo Sirk; un acorde de free jazz nouvelle nouvelle-vague; un videoclip; un bricolage de youtube; un pastiche de la época muda; un anuncio".
Fuente Elena Duque