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La vie nous appartient: El joven Werther desencadenado

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la vie nous
Cuando se mira hacia atrás desde ciertas alturas ya de la vida, añoramos con memoria teñida de rosa la juventud perdida y, a buen seguro y a pesar de las ofertas fáusticas de la cirugía plástica y la industria cosmética, irrecuperable. Es fácil olvidar desde las primeras arrugas de la madurez y la incipiente calvicie –sálvese quien pueda- los dolores y angustias de la adolescencia. Es cierto: éramos más jóvenes, estábamos llenos de energía, teníamos la vida por delante, nos creíamos inmortales… Pero todo eso, también dolía. No sólo queríamos crecer, madurar a pasos agigantados, para disfrutar cuanto antes de los frutos prohibidos de la edad adulta, sino que la energía que nos llenaba desbordaba por los cuatro costados, amenazando con hacernos estallar.
La presión de las hormonas desatadas, el choque con la sólida y sórdida realidad que se opone inamovible a nuestras esperanzas e ideales, y, sobre todo, el abismo de incomprensión e incomunicación que tantas veces se levanta, muro impenetrable, no solo entre adolescentes y adultos, sino entre adolescentes integrados y desintegrados, similares y distintos, son algunas de las agonías y tormentos que cristalizan en el angst inevitable de la juventud. Una angustia existencial, íntima y lacerante, que se encostra en el alma misma del adolescente, alma fuerte solo en apariencia, hecha del frágil cristal de la ilusión, hasta apoderarse a menudo de su espíritu, para encadenarlo firmemente a una idea obsesiva y solo aparentemente en las antípodas de la juventud: la Muerte.

El amor no correspondido –de la amada ideal e idealizada, de la madre inasequible, del padre distante y el amigo ausente-, la imposibilidad de expresar los sentimientos que como olas de tsunami nos conmueven y arrebatan, peor aún, la imposibilidad esencial de ser comprendidos o entendidos… Todo ello, unido a la falta de conciencia cierta y concreta de lo que significa realmente morir (desaparecer, extinguirse, no-ser), ¿cuántas veces no nos condujo a la tentación del suicidio? ¿Qué mayor grito de atención para todos los oídos sordos que nos rodeaban, familia, amigos, profesores, amantes y amados, que borrarnos para siempre de su existencia? Entonces, pensamos, sí nos echarán de menos. Sí nos entenderán y recordarán. Nos perdonarán y amarán. Y se verán a sí mismos cómo son: culpables. El joven Werther de Goethe cree encontrar por fin la libertad y el amor soñados sumergiéndose en el sueño de la muerte, y le siguen, en una primera oleada de fanatismo psicosocial pionera, decenas y decenas de jóvenes europeos en pleno Romanticismo, imbuidos de Sturm und Drang y decididos a conmover el mundo con su extinción. Pero no encontraron la libertad, si no los eslabones del olvido y el silencio que son, finalmente, aquellos que conforman la cadena de la muerte. Su acto, como todo acto de auto-extinción, brilló por un momento y, al poco, se desvaneció en la nada, como niebla que se lleva la mañana. Goethe vivió, por cierto, hasta los 82 años, edad provecta para su época.

El suicidio adolescente sigue siendo, en pleno siglo XXI, una plaga. Poco o nada han cambiado las angustias y torturas juveniles. Internet, los móviles, las redes sociales, no han hecho sino potenciar con su nuevo combustible las posibilidades de la extinción voluntaria, facilitando desde métodos, oportunidades y materiales hasta los pactos suicidas entre desconocidos, verdadera "tienda de los suicidas" virtual. Y a las crisis de la edad del pavo, se suma la crisis económica y moral de un nuevo milenio abocado a no sabemos qué oscuro futuro o presente.

Por ello, el film de Alan K. Lee La vie nous appartient se nos aparece tan bello, simple y necesario. La historia de Sarah y Philippe, adolescentes que establecen un pacto suicida a través de internet y se dan cita en la solitaria inmensidad de la montaña suiza para abandonar, juntos, una existencia que, piensan, les rechaza y aparta, se convierte en una inteligente, divertida y sensible revisión del mito romántico. Un mito que se fundamenta en la realidad de unas angustias que, como adultos, quizá hayamos olvidado, pero que cuando se sufren, suponen el dolor más profundo –como son también las alegrías juveniles las más profundas que jamás experimentaremos, desde luego-, un dolor cuya incomprensión torna más y más lacerante todavía. Un mito que es también y sobre todo, no lo olvidemos, trágica realidad para muchas familias y amigos, que pierden a sus seres queridos en lo que debía ser el comienzo de sus vidas, ante el atractivo de una muerte reificada románticamente en valor absoluto (y también económicamente por una sociedad de consumo capaz de convertir hasta la muerte en merchandising), y de la que, por cierto, nadie ha vuelto nunca (mitos religiosos aparte).

Alex K. Lee sitúa a su ingenua pareja de suicidas –que no carecen en absoluto de la malicia y hasta crueldad tolerable propias también de la edad adolescente- en medio de un escenario natural impresionante, siguiendo, precisamente, la tradición romántica del Sturm und Drang. Bosques, montañas, desfiladeros y precipicios, dignos del pincel de Caspar David Friedrich, Carus o Schinkel, rodean con su esplendor a los proyectos de suicidas protagonistas, cuyo diálogo constante, brillantemente escrito, dotado de afinada sensibilidad hacia la realidad de los sentimientos y experiencias intransferibles de la adolescencia, contrasta con la belleza sublime de una Naturaleza que en cada roca, en cada hoja y en cada rayo de sol, desafía y niega la pulsión de muerte, con su eclosión de vida. Es así como La vie nous appartient intenta –y quizá consigue, eso queda en manos del espectador- apartar a sus protagonistas de la muerte, obligándoles a tomar conciencia de la belleza de estar vivos. La belleza de ser jóvenes. El joven Werther rompe por fin las cadenas que le unían a la muerte, para, liberado, afrontar la realidad. La vie nous appartient es el estreno mundial de este joven Werther desencadenado del siglo XXI, que puede y debe vivir, para que todos tengamos un futuro.

Cafés con… nos ofrece hoy la oportunidad de conocer al equipo de La vie nous appartient: Alan K. Lee (Director), Teresa Heller (Productora), Marco P. Zimprich (Director de Fotografía) y los jóvenes actores protagonistas Florent Arnoult y Alix Benezech, a partir de las 16.00 h. en El Cafetal (Calle La Muralla, 3).

Esta noche, a las 20:00 h. tendrá lugar el estreno mundial de La vie nous appartient (88´). Será en una intensa sesión con presentación y encuentro con todo el equipo de la película, en la Sala 5 de los Cines Centro.