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Dominga Sotomayor: “Tarde para morir joven muestra la sensación de un nuevo comienzo”

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Tarde para morir joven es el tercer largometraje de la directora chilena Dominga Sotomayor, a concurso en la Sección Oficial.
Con esta película, retoma la exploración del recuerdo a partir de vivencias propias que ya existía en su ópera prima De jueves a domingo (2012), pero en esta ocasión utilizando unas coordenadas históricas y temporales más concretas. La película muestra la transición vital de una adolescente en el Chile de 1989, que en ese momento perdía de vista la dictadura de Pinochet para abrazar con ilusión la llegada de la democracia. Pese a ello, Sotomayor asegura que su punto de partida no era tanto ese como “la sensación de nuevo comienzo”, en un contexto rural “alejado de la política”. Su motivación principal era hacer algo sobre “la adolescencia de ese momento particular”, que al mismo tiempo “podría ser cualquier verano”. Afirmó que no quería mostrar una sensación “evidente” de ubicación temporal, sino más de “nostalgia”, porque “cuando escribe ya estoy pensando en imágenes” antes de empezar a desarrollar el aspecto narrativo.

En este caso, el título de Tarde para morir joven fue “lo primero que tuvo en mente” para definir esa sensación buscada de “algo a lo que ya no se puede volver”. En el caso de la protagonista Sofía (Demian Hernández), se trataba “del dolor de dejar la infancia atrás”. A diferencia de su debut, “una película llena de reglas”, Sotomayor define este nuevo trabajo como un film hecho “con una libertad absoluta, muchos personajes y localizaciones exteriores”. Apuntó que para llevarlo a cabo se centró “en un lugar autobiográfico” que quería recrear “de manera muy precisa”, porque le importaba mucho la diferencia entre “ver ese lugar siendo habitado y ver personas habitándolo”. Por ese sentido de pertenencia y otros motivos, el proceso de la película supuso “una transición” para ella y los jóvenes que trabajaron a sus órdenes.

La filmación pudo financiarse gracias a una coproducción de Cinestación, pequeña cooperativa de la cineasta, con fondos brasileños, argentinos y holandeses. Sólo así pudo sacarse adelante, a pesar del buen momento de un cine chileno que la directora considera “muy expansivo, pero a la vez alejado de la audiencia”, porque “se hacen muchas películas al año, pero el público para todos es el mismo”. Así, lamentó echar de menos “un diálogo” con los espectadores de su propio país, aunque la presencia en festivales ayude a cumplir este deseo. Para terminar encaró el futuro de dicha situación, que considera reversible, con optimismo, porque cree “en el cine, en la experiencia de la sala” y en la “gente con capacidad de hacer cosas”.

Sergio de Benito
Palabras clave Festival de Cine, 2018