El Pasante

Domingo, 21 de Noviembre de 2010

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El pasante
Clara Picasso, Argentina, 2010, 65 min.
En Argentina, a los estudiantes en prácticas o becarios se les llama pasantes. Es la condición que ostenta el protagonista de la película de Clara Picasso y, en este caso, una condición que juega con la misma palabra: pasante también como persona que está de paso, es decir, alguien que está sin estar del todo. Y, sin embargo, es la persona perfecta para sintetizar lo que ocurre en su centro de trabajo: un hotel. Es decir, un sitio en el que todos los trabajadores mantienen una hacendosa y servil fachada, debajo de la cual sostienen una tenaz lucha por seguir existiendo como personas además de como empleados.


Nocturnidad y alevosía

Una de las más hipnóticas secuencias de El Pasante nos muestra las entrañas del hotel; vigilantes de seguridad muriendo de aburrimiento frente a las cámaras, personal de mantenimiento intentando rascar algo que llevarse... Pequeñas estrategias para escapar al hastío y para escamotear el superávit no cobrado que engrosa las cuentas de la empresa. Como si de un silencioso sabotaje se tratara El pasante asiste a todo esto mirando y tomando nota, como buen aprendiz que es. Su mentora y compañera más cercana será la recepcionista.

Como principiante, al pasante le toca ser botones en un turno de noche. “No hay nada más triste que un turno de noche”, cantaban Hidrogenesse. No es exactamente el caso. La jornada nocturna del hotel está envuelta en una especie de irrealidad algodonosa, a la que Picasso dota de una parsimonia casi submarina.

Parado junto al mostrador en el que se encuentra la recepcionista, ve ir y venir huéspedes, y empieza a trabar relación con la recepcionista. Pero, como el papel que interpretan de cara al público, será una relación basada en la pura ficción. Una ficción en la que la recepcionista le llevará de la mano a rincones prohibidos del hotel, un juego en el que el pasante entra sin rechistar apenas, y que parece comprender de manera casi instintiva.

El hotel de Clara Picasso, entonces, funciona como un teatrillo de la vida misma. Un cúmulo de personas que deben seguir un código de comportamiento de cara a la galería, pero que en los pasillos recónditos del hotel juegan a interpretar su papel preferido.

En este relato taciturno y de un fino humor con ecos de Hitchcock o Truffaut (al que no serán insensibles todas aquellas personas que alguna vez hayan trabajado en una gran empresa), la recepcionista y el botones establecen sus propias reglas del juego dentro de su centro de trabajo. Una forma de reivindicar la propia individualidad en un lugar en el que pasan la mayor parte de sus días, y casi siempre aparentando ser quienes no son.
Fuente Elena Duque